Elogia a la Locura
1. En este punto, conviene repetir las reiteradas salvedades que ha inspirado a los traductores españoles la versión del título original. Bonilla y San Martín indicó a tal respecto: «Debe traducirse ' Stultitia' por 'Estulticia' y no por 'Locura'. Si Erasmo hubiese querido expresar esto último, habría escrito ' Insania', en vez de 'Estulticia'.» Lebrija había traducido «Stultitia» por «aquella bobería y poco saber». El hecho de que hayamos optado por seguir el parecer de Bonilla no significa que hagamos cuestión de gabinete de la defensa del mismo y que repudiemos otras traducciones aceptables. El lector advertirá en el curso de nuestro trabajo que, en cuanto ello ha sido posible, hemos traducido cada vocablo latino por el castellano más próximo y semejante; nuestra interpretación del encabezamiento no es sino otra manifestación de este criterio.
2. Capítulo I
3. Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa bien, el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con carcajadas alegres y cordiales, por modo que, en verdad, todos los presentes me parecéis ebrios de néctar no exento de nepente, como los dioses homéricos, mientras antes estabais sentados con cara triste y apurada, como recién salidos del antro de Trofonio(2).
4. Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su áureo rostro, o después de un áspero invierno el céfiro blando trae nueva primavera, parece que todas las cosas adquieran diversa faz, color distinto y les retorne la juventud, [24] así apenas he aparecido yo, habéis mudado el gesto. Mi sola presencia ha podido conseguir, pues, lo que apenas logran los grandes oradores con un discurso lato y meditado que, a pesar de ello, no logra disipar el malhumor de los ánimos.

Capítulo II

En cuanto al motivo de que me presente hoy con tan raro atavío, vais a escucharlo si no os molesta prestarme oídos, pero no los oídos con que atendéis a los predicadores, sino los que acostumbráis a dar en el mercado a los charlatanes, juglares y bufones, o aquellas orejas que levantaba antaño nuestro insigne Midas para escuchar a Pan.
Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, pero no de esos de ahora que inculcan penosas tonterías en los niños y los enseñan a discutir con más terquedad que las mujeres. Imitaré, en cambio, a los antiguos, que para evitar el vergonzoso dictado de sabios prefirieron ser llamados sofistas. Se dedicaban éstos a celebrar las glorias de los dioses y los héroes. Por ello, vais a oír también un encomio, pero no el de Hércules ni el de Solón, sino el de mí misma, el de la Estulticia.

Capítulo XVII

Por lo demás, dado que el varón está destinado a gobernar las cosas de la vida, tenía que otorgársele algo más del adarme de razón concedido, a fin de que tomase resoluciones dignas de él. Se me llamó a consejo junto con los demás y lo di al punto, y digno de mí: Que se le juntase con una mujer, animal ciertamente estulto y necio, pero gracioso y placentero, de modo que su compañía [42] en el hogar sazone y endulce con su estupidez la tristeza del carácter varonil. Y así Platón, al parecer dudar en qué género colocar a la mujer, si entre los animales racionales o entre los brutos, no quiso otra cosa que significar la insigne estupidez de este sexo(21).
Si, por casualidad, alguna mujer quisiese ser tenida por sabia, no conseguiría sino ser doblemente necia, al modo de aquel que, pese a Minerva, se empeñase en hacer entrar a un buey en la palestra, según dice el proverbio. Efectivamente, duplica su defecto aquel que en contra de la naturaleza desvía su inclinación y remeda el aspecto de la aptitud. Del mismo modo que, conforme al proverbio griego, «aunque la mona se vista de púrpura, mona se queda», así la mujer será siempre mujer; es decir, estúpida, sea cual fuere el disfraz que adopte.
Sin embargo, no creo que el género femenino llegue a ser tan estúpido que me censure por el hecho de que otra mujer, la Estulticia en persona, les reproche la estupidez. Pues si consideran juiciosamente la cuestión, verán que deben a la Estulticia el tener más suerte que los hombres en muchos casos.
Tienen, primeramente, el encanto de la hermosura, que, justificadamente, anteponen a todas las cosas, puesto que, por su virtud, tiranizan hasta a los mismos tiranos. ¿De dónde proceden lo desgraciado del aspecto, el cutis híspido y la espesura de la barba, que dan al varón aspecto de viejo, sino del vicio de la prudencia, mientras que la mujer conserva las mejillas tersas, la voz fina, el cutis delicado, remedo de perpetua juventud? [43]
En segundo lugar, ¿qué otra cosa desean en esta vida más que complacer a los hombres en grado máximo? ¿A qué miran, si no, tantos adornos, tintes, baños, afeites, ungüentos, perfumes, tanto arte en componerse, pintarse y disfrazar el rostro, los ojos y el cutis? Así, pues, ¿qué las recomienda a los hombres más que la necedad? ¿Hay algo que éstos no les toleren? ¿Y a cambio de qué halago, sino de la voluptuosidad? Se deleitan, por consiguiente, sólo en la estulticia y de ello son argumento, piense cada cual lo que quiera, las tonterías que le dice el hombre a la mujer y las ridiculeces que hace cada vez que se propone disfrutar de ella.
Ya sabéis, por tanto, el primero y principal placer de la vida y la fuente de que mana.
Capítulo XXIV
De cuán inútiles sean éstos en cualquier empleo de la vida puede ser testimonio el mismo Sócrates, calificado, y sin sabiduría alguna, por el oráculo de Apolo como único sabio, el cual trató de defender en público no sé qué asunto y tuvo que retirarse en medio de las mayores carcajadas de todo el mundo. Sin embargo, este hombre no desbarraba completamente, porque no quiso aceptar el título de sabio y lo reservó sólo para Dios, y porque consideró que el sabio debía abstenerse de tratar de los negocios públicos(28), aun cuando debiera haber aconsejado más bien que se abstenga de la sabiduría quien desee contarse en el número de los hombres. ¿Qué fue si no la sabiduría lo que le llevó a ser acusado y a tener que beber la cicuta? Pues mientras filosofaba sobre las nubes y las ideas, y [51] medía las patas de una pulga e investigaba(29) el zumbido de un mosquito, no aprendía aquellas cosas que tocan a la vida normal. Acudió a defender al maestro en el juicio cuando le peligraba la cabeza, su discípulo Platón, abogado tan ilustre que, desconcertado por el estrépito de la plebe, apenas si pudo concluir con el primer párrafo. ¿Qué diré ahora de Teosfrato? Al empezar una arenga, enmudeció repentinamente como si hubiese visto al lobo(30). Aquel que animaba al soldado en la batalla, Isócrates, no se atrevió nunca, por lo tímido del genio, ni a despegar los labios. Marco Tulio Cicerón, padre de la elocuencia romana, comenzaba sus discursos con temblor poco gallardo, como niño balbuciente, lo cual interpretaba Fabio Quintiliano ser propio de orador sensato y conocedor del peligro. Al exponer esto, ¿puede dejar de reconocerse paladinamente que la sabiduría obsta a la brillante gestión de los asuntos? ¿Qué habrían hecho los sabios si éstos se despachasen con las armas cuando se desmayan de miedo al combatir sólo con palabras desnudas?
Después de todo esto se celebra aún, ¡alabado sea Dios!, aquella famosa frase de Platón: «Las repúblicas serían felices si gobernasen los filósofos o filosofasen los gobernantes(31)». Sin embargo, si consultáis a los historiadores, veréis que no ha habido príncipes más pestíferos para el Estado que cuando el poder cayó en manos de algún filosofastro [52] o aficionado a las letras. Creo que de ello ofrecen bastante prueba los Catones, de quienes el uno alborotó la tranquilidad del Estado con sus insensatas denuncias, y el otro reivindicó con sabiduría tan desmesurada la libertad del pueblo romano, que la arruinó hasta los cimientos.
Añadidles los Brutos, los Casios, los Gracos y el mismo Cicerón, que no fue menos dañoso al Estado romano que Demóstenes el ateniense. Marco Antonino, aunque otorguemos que fue buen emperador, y cabría discutirlo, se hizo pesado y antipático a los ciudadanos por esta misma razón; es decir, por ser tan filósofo. Pero aunque fuese bueno, según concedemos, tuvo más de funesto, por haber dejado tal hijo(32), de lo que pudo haber de saludable en su administración. Precisamente esta especie de hombres que se da al afán de la sabiduría, aun siendo desgraciadísimos en todo, lo son por modo especial en la procreación de los hijos, lo cual me parece obedecer a la providencia de la naturaleza para que el daño de la sabiduría no se extienda más entre los hombres.
Así consta que el hijo de Cicerón fue un degenerado y que aquel gran sabio Sócrates tuvo hijos más semejantes a la madre que al padre, según escribió acertadamente uno; es decir, que fueron tontos.



Capítulo XXV
Podría tolerarse que en los asuntos públicos sean como asnos tocando la lira, si no fuese que en todas las demás funciones de la vida no acreditan ser más diestros. Llevad un sabio a un banquete [53]y lo perturbará o con lúgubre silencio o con preguntitas fastidiosas. Introducidle en un baile y os parecerá, danzando, un camello. Conducidle a un espectáculo y con su solo semblante disipará toda diversión y se le obligará a salir del teatro, como al sabio Catón, si no logra desarrugar el entrecejo. Si mete cucharada en una conversación, caerá de improviso como el lobo en la fábula. Si algo hay que comprar o que convenir, en suma, cuando se trate de estas cosas sin las cuales esta vida cotidiana no puede pasar, dirás que este sabio es un leño y no un hombre.
Añadiré que no puede ser útil en nada ni a sí, ni a la patria, ni a los suyos, porque es inexperto en las cosas corrientes y discrepa largamente de la opinión pública y de los estilos normales de vida, de lo cual, por cierto, preciso es que siga el odio contra él, por ser tanta la disparidad de conducta y sentimientos. Pues ¿qué se trata entre los hombres que no sea necio del todo y que no esté hecho por los necios y para los necios? Por ello, si alguien a solas quisiese contrariar la corriente general, yo le aconsejaría que, imitando a Timón(33), emigre a algún desierto y allí, a solas, disfrute de su sabiduría.